Desde la ventana de un cuarto piso observaba a los muchachos y muchachas en su (para mí) extraña danza.
Era una decena enfrentada a otra decena, con un palo -de unos 60 cm- en cada mano. Avanzaban y retrocedían al son de los tambores. Cada pareja enfrentada se atacaba con los palos, en una subyugante coreografía. Uno lanzaba golpes mientras el otro se agachaba y giraba en su eje, para devolver los golpes y el otro (otra) repetía el mismo movimiento de esquivar y contratacar.
